
A PROPOSITO DE CHINA
HISTORIAS DE PEKIN
David kidd
Novela Ed. Libros del Asteroide Barcelona 2ª ed. 2006 217 pgs.
Los Juegos Olimpicos son un espectáculo emocionante que mucho más de medio mundo sigue con la ilusión de que nuestro planeta Tierra es un lugar de paz donde sólo se lucha en la arena del deporte. El organizador de este año, China, se ha esforzado como es habitual en la inauguración, aunque no ha podido evitar la más que dudosa imagen de unos soldados marcando el paso de la oca e izando una bandera a la que saludaban de tal forma que resultaba cuanto menos amenazante para el resto del mundo. Son los mismos soldados que masacraron los monasterios del Tibet y que aún impiden la vida en libertad en el lugar. Impactado aún por unas imágenes que nunca debieron mezclarse con el deporte recordé este viejo libro que viene a poner un poco de luz en el momento en que la revolución china se hizo con el poder. Es una visión en primera persona de alguien que vivió esa transición. Alguien enamorado de China, de la China milenaria de la que tanto han querido presumir en los fastos de la inauguración. De la China que el actual régimen despreció y ahogó con el poder de la fuerza. Una China socialmente injusta, tecnológicamente obsoleta, ideológicamente medieval pero que vivía la libertad que pueden tener quienes están sometidos a traciones milenarias.
Leyendo este libro encontrarán la vieja China, el Pekin Imperial, un lugar de tesoros de valor incalculable. Descubrirán cómo una población salió del yugo de las tradiciones de los campesinos y los faroles de papel, al yugo brutalmente impuesto de las fábricas y las bayonetas del ejército. ¿Qué esperanza tenían antes? Muchas: progreso, cultura, libertad.¿Qué esperanza tienen ahora? Muchas menos, pero con sesenta años de opresión y sufrimiento. Si sirve de test histórico el territorio libre de China Taipei, la evaluación es aterradora.
David Kidd, el autor, era un joven recién licenciado en cultura china por la Universidad de Míchigan, cuando en 1946 llegó a Pekín para completar sus estudios. Entonces Pekín era aún una ciudad imperial, y el joven Kidd se enamoró de su cultura y su belleza. Pero apenas unos meses después de su llegada, Pekín y con ella toda China, fue tomada por la revolución comunista. En un intento desesperado e imposible por salvar la belleza de una cultura que desaparecía ante sus ojos, se casó con una princesa china, si es que así podemos llamar a la hija de la vieja y aristócrata familia de quien fuera presidente del Tribunal Supremo del Emperador chino. Otro amor imposible pues Kidd era homosexual. Encontrarán, pues, en este libro una historia de amor desesperada de quien ante la impotencia de detener el avance del tiempo y con él el fin de lo que ama se empeña en recordarlo, en recogerlo dentro de su corazón y de su vida en un intento inútil por evitar su destrucción. Su amor por la cultura y el mundo de Aimee Yu, su princesa china, fue compartido con serenidad y respeto por su esposa, con la que terminó marchándose a Estados Unidos, cuando ya no quedaba en China nada de lo que habían conocido. Eso sucedió algún tiempo después de la caída de Pekín, porque la revolución se fue extendiendo poco a poco desde el gobierno del estado a unos ciudadanos profundamente educados en sus tradiciones. Primero fue la presencia de las milicias, ante cuyas decisiones y poder no cabía protesta, pero que sin embargo respetaban a quienes no pensaban como ellos si se sometían, después la deserción de los criados, un verdadero ejercito de sirvientes que mantenían las mansiones, y por último, el hundimiento del sistema financiero. Aristócratas convertidos en mendigos, templos sin fieles ni recursos, maestros sin discípulos, libros sin lectores, la vieja cultura fue muriendo en la agonía de un gran árbol al que se le han cortado todas sus raíces. Es el sistema de opresión comunista: paciencia y mano dura; carcel al disdente destacado; que cale el miedo. Durante algún tiempo recorrió las principales ciudades de EE.UU. dando clases y conferencias en Universidades, mientras Aimee actuaba en teatros con bailes y vestidos de una China que ya no existía. Divorciado diez años después, Kidd se instaló en Japón, el lugar y la cultura más próxima a la que había amado, donde recreó el mundo de la mansión de los Yu, la familia de su esposa. Junto al que fue el amor de la mayor parte de su vida, el japonés Yasuyoshi Morimoto, que después se convertiría en el continuador de su obra, David Kidd murió esperando inútilmente que otros jóvenes estudiosos vinieran a rescatar la vieja China de su memoria. Este libro es el testimonio veraz y único de una vida y una época que ya no volverán, por mucho que los organizadores de los Juegos quieran hacer alarde de sus tradiciones, las misma que ellos tan sañudamente ejecutaron.
Carlos Morenilla.
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