
¿Qué es verdad y qué no lo es…? Dejando a un lado a los escépticos que aseguran que no existe la verdad y que si existiera no podría ser transmitida, pero que incluso aunque se transmitiera no sería entendida, lo cual me recuerda mucho a la enseñanza Taoista de El Tao que puede ser enseñado no es el verdadero Tao.
Dejando de lado este punto de vista (que tiene su miga, no lo niego) nos encontramos con filósofos como Nietzsche que arremete contra las verdades admitidas como tales, y que no son sino cristalizaciones de creencias arrastradas y mantenidas en el tiempo. Y también a Unamuno para quien el criterio de la verdad no es otro que la propia vida, con lo cual aquello que no transmite fuerza vital, ganas de vivir, es mentira.
Me refiero a una verdad atrapada y expresada en palabras, palabras que son pobres representaciones fonéticas de las cinco vocales y unas cuantas consonantes, y a las que sólo podemos pedirles que apunten a la verdad, que den pistas de dónde está, pero sin pretender asegurar que la tienen, que hagan como en el cuento Zen de la mano que con su dedo índice señala la luna resplandeciente en su cielo infinito.
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A pesar del título de este artículo no es de filosofía de lo que vamos a hablar, o quizá sí, pero en su acepción más clásica, la de “una forma de vivir”





