La llegada de nuestro hijo nos llena indudablemente de gozo. El fuerte vínculo entre los padres se ve intensificado con el nacimiento del fruto de ambos.
Las primeras emociones de felicidad, plenitud y dicha que nos invaden los primeros días de convivencia con nuestro bebé empiezan a alejarse cuando la carga de trabajo aumenta y las horas del día parecen insuficientes para realizar todas las tareas que veníamos haciendo de antes, y aumentadas ahora con los cuidados y atención al recién llegado.
El tiempo que nos dedicábamos al principio comienza a menguar y tampoco conseguimos reponernos del cansancio, que pasa factura al final de cada día, para dedicarnos siquiera una mirada de ternura, sin más objetivo que recordarnos el uno al otro que seguimos ahí.
Comienzan las interferencias en la pareja.
Al margen de argumentos sexistas sobre el reparto de las tareas del hogar, del cuidado de los hijos, o el aspecto profesional, no hay duda de que las mujeres cambiamos. Y nos cuesta reconocerlo; reconocerlo más allá de los tópicos.
No hay duda de que las alteraciones hormonales que sufrimos las mujeres durante el embarazo y el parto después, son causas de sobra demostradas, a tener en cuenta antes de que nuestras parejas se vengan abajo con las primeras discusiones.
Lo que a ellas, nuestras parejas, no les parece tan grave, para nosotras puede suponer algo inmenso que tratamos en ocasiones de forma desmesurada. La dedicación exclusiva durante los primeros meses del bebé nos separan de otras facetas de nuestra vida y eso no siempre se traduce en alivio.
Bien está tener menos tiempo para encargarnos de la casa, ya que seguro tenemos ayuda de nuestras parejas, pero también es cierto que de golpe dejamos de hacer otras actividades o tareas, que nos llenan y ayudan a nuestro crecimiento personal.
Ahora toca hablar de bebés.
Y no a todas nos gusta monopolizar con un solo tema la conversación.Para sorpresa de muchas de nosotras, surge un nuevo conflicto interno: la maternidad amenaza nuestro yo y no imaginamos que tuviese tanto alcance.
Ahora el mundo se ve reducido a estar pendiente de los demás, sin apenas tiempo para una misma; si encima, hemos ganado peso con el embarazo, nuestra autoestima y autoimagen se pueden ver afectadas negativamente haciéndonos sentir menos deseables y, en consecuencia, perder el interés por nuestra pareja.
Estos cambios, en la mayoría de los casos, producen un estado de inseguridad preocupante en y para la mayoría de nuestros consortes.
Nuestras parejas no cambian tanto, se intentan amoldar a nuestras demandas, y cambios de humor, así como reforzar su colaboración con las tareas domésticas y del bebé, en tanto en cuanto les dejamos. No lo reconocemos, pero en muchos casos casi les echamos de nuestro lado porque nuestro ritmo, el que hemos alcanzado a estas alturas, está años luz del que ellos intentar llevar ahora, para aliviar y equilibrar la cantidad de responsabilidades.
Echemos mano de la memoria emocional y reflexionar sobre el origen y estado de nuestra relación; si era fuerte antes de la llegada de nuestro hijo, y ahora cimbrea, debemos confiar en nuestra capacidad para volver a vivirla ilusión renovada. Eso sí, tenemos que poner mucho de nuestra parte.
Si nuestra relación ya había empezado a sufrir algún altibajo antes de tener nuestro bebé, no debemos tomar como excusa la nueva situación para reprochar a nuestra pareja un sinfín de conductas, actitudes o desacuerdos con el objeto de poner fin a la misma sin asumir nuestra parte de responsabilidad.
De todo cambio se saca algo bueno.
Seamos inteligentes y aprovechemos el momento para sentar las bases de nuestra recién estrenada nueva familia, pensando que nuestro bebé estará siempre entre los dos, acaparando a uno o a otro, más y más a medida que crezca. Durante mucho tiempo, nuestras conversaciones, nuestros pequeños momentos de descanso, nuestros momentos de intimidad serán interrumpidos.
Debemos ver la parte positiva y vivir con intensidad las pocas oportunidades que se nos brindan a lo largo del día para compartir y alimentar el amor por el otro.
Paulatinamente, recuperaremos parte de nuestro espacio personal beneficiando, por tanto, nuestra relación.
Por Eugenia Vera
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De sobra es conocido por todos Jorge Bucay, el psicólogo argentino que dijo aquella famosa sentencia “Búscate un amante” como terapia para la mayoría de males emocionales y mentales que nos aquejan. Pero que en realidad quería decir esto:





